Tenemos algo pendiente




Dicen por ahí que la verdadera esencia del romance es la incertidumbre y, si esa frase tiene algo de cierta, mi noviazgo debe estar al tope, en la cúspide, porque cómo me cuesta descifrar a Giulio. Un día me ama y al siguiente no me quiere ni en pintura. No lo culpo, eh. Yo ya estaría hasta las cejas de mí, de tanto alboroto que se me hace; de tantas vueltas que terminan por convertirse en mi vida. No me justifico. ¡Es lo que es! Que yo sea un desastre no quiere decir que no lo quiera y mucho.


Hoy es día festivo y hemos quedado en dar un paseíto a la playa más tarde. Amaneció medio raro él; como frío, decidido a darle muerte a esto que llamamos amor. Pero yo no puedo soltar tan fácil. No quiero. Su misterio me encanta y si cortamos acá dejaremos pendiente media vida.


Giulio no dura mucho en llegar. Monto su ciclomotor y aseguro la mochilita que lleva lo necesario para el día. Una vez ahí, recostados en cruz sobre la arena, le digo:

    —¿Sabés que aún no hemos planeado el viajecito aquel de fin de año a la montaña? Allá donde te                 gusta, que hace mucho frío.

    — Sí, tenés razón. -responde.

    —Ni tampoco hemos puesto fecha al café que tenemos con tu abuela. Va a pensar que somos unos             desinteresados.

    —Matilde, te he dicho que tengo algo que decirte hoy.

    —No, pará. Hablemos primero de la noche en la que vamos a salir a cenar emperifollados. Como fiesta de disfraces para hacerle creer a todos que somos de alta procedencia. Tampoco quiero olvidar el paseo a la casita del lago y que me des ese beso tan deseado justo cuando el reflejo de la luna aparezca en el agua.

    —De seguro aparecerá en tu agenda algo por hacer de último minuto, más importante que todos esos planes. Mejor no pensemos en mañana, estar con vos me ha enseñado a planear menos y vivir al día.


Está duro el desafío de salir triunfante hoy. ¿Tan poca fe me tiene ya este hombre? Ni que fuera yo política de profesión, para que solo promesas sin futuro salgan de mis labios. El día pasa entre olas, sol, la siesta y los bocadillos de ternera que preparó la mamá de Giulio. Es hora de sacudirse la arena, vestirse y sacarle la verdad a este indeciso.

    —Bueno, decime esa cosa. No, no me la digás, esperá dejámela adivinar - lo tiento con respuestas                tiernas, pícaras y con humor. Hasta que suelta la bomba…

    —Matilde: he decidido dejarte.

Pienso, vamos Matilde, reaccioná rápido. Cara de casual que todo esto es un chiste. 

Al llegar a casa lo miro a los ojos:

    —¿Creiste que te iba a ser tan fácil? Dale, nos vemos mañana, que vos y yo tenemos pendientes: los encuentros más dulces, mil tertulias con vino y risa incluida, tantos atardeceres como nos alcancen los años y un ocaso de vida, siempre lado a lado. Seguimos juntos.



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Cambio de perspectiva en respuesta al relato "Dejar a Matilde" de Alberto Moravia.



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