Leche quemada
El golpe rítmico de la hoja del cuchillo contra la tabla de madera suena tac, tac, tac . Cruje la cebolla, mientras doña Ceci se seca los ojos con la esquina del delantal. Más que resultado del zumo de ese bulbo, llueven gotas de tristeza de aquellas esferas marrón oscuro. Su compañera de labores, frente al calor de la cocina, remueve en silencio, con cuchara de madera, el contenido de la olla. —Merce, ¿usted qué cree que vaya a pasar con el patrón? —Lo vamos a cuidar hasta su final, como prometimos. Le escogeremos una ropita de domingo y dejaremos que se lo lleven los de la funeraria pa’ que lo terminen de alistar. —Sí, ¿pero usted no vio cómo se le aguaban ahora esos vidriecitos de solo pensar que mañana tal vez no esté aquí, entre los vivos? ¿Usted a dónde cree que se vaya? ¿Será que bajan todos los ángeles y parientes para ayudarlo a llegar a la luz, como en las películas? ...