El mensaje


    Tomo un poco más de vino… o café, da igual. A las 7:49 de la noche se da una el permiso para escoger el elixir de su preferencia. Al fin de cuentas hoy nadie juzga, es viernes, de música, lluvia y pensamientos enredados. El reloj de la cocina tictoquea restando segundos de vida, mientras los vecinos de al lado celebran, entre risas y amigos, el trigésimo cumpleaños de Marco.

     Yo, de pierna desnuda extendida en el sillón, miro de reojo a Saúl sumergido en su teléfono. Respira y se mueve, señal de que está vivo, pero su ausencia me encabrona más que nunca.
    —Besé al vecino.
    —Ahhh… qué bien… —pausa larga. Disculpá ¿qué decías?
    —Nada, que ¿qué se te antoja hacer?
    —Así estoy bien, si querés encendé la tele, si te hace falta.
Yo ardo hoy. Me comen las ganas por un encuentro. Por no sentirme mueble o licuadora, parte del paisaje de nuestra casa. Que llevemos más de 5 años juntos no significa que me he vuelto invisible, al menos a sus ojos. Sé que los de Marco me miran muy bien a diario cuando bajo las gradas hacia el jardín. No importa qué color de atuendo vista, él solo tiene uno para mi… piel.
    —¿Sabés que pronto será nuestro aniversario?
    —Sí. Hacé la reservación en el lugar de siempre, ese que te gusta. Ya sabés dónde está la tarjeta. Ponete bonita como estos últimos días.
    —Te puedo modelar algunos de mis looks de esta semana si querés.
    —No, ya debés estar cansada. Mejor andá a la cama. Yo reviso un par más de mensajes y llego.
    —¿Será que mañana puedo pasar por la tienda y comprarme mi regalo? 
    —Claro amor, para vos, lo que querás.
        
    Transcurren las horas, se mojan las ganas y el silencio se apodera de la noche. Yo, sola en mi cama, deslizo el contenido de las redes en mi propio teléfono, a modo automático. Hasta que suena el tiiiin de los mensajes:
    “Holaaa”
    “Hola guapo. Ya estabas tardando”





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