Su Ausencia
Se sentía como un escalofrío que alcanzaba los huesos. Una corriente helada navegando a velocidad 2x por cada fibra de mi sistema nervioso hasta congelar el corazón. Su Ausencia está en todas partes: en lo cotidiano, al preparar los huevos por la mañana, en la ducha, al doblar la ropa de cama, al hacer visitas rutinarias al supermercado del barrio o ante cualquier aventurilla de domingo.
Y es que no es fácil hacer amistad con la ausencia de alguien. Esa amargura, negrura espesa que conlleva, ese tira y encoge que forma parte intrínseca de ese tipo de relación me tiene a veces en llanto descontrolado y otras en una ola de carcajadas por borbotones. Nos llevamos tregua su Ausencia y yo... beef diría ella. Y así es, ella, en sustantivo, porque su estado inmaterial se percibe más fuerte que cualquier otro. ¡Manipuladora la condenada! Me distrae del presente, de lo que debería ser importante en mi día. Me distrae hasta de mí misma.
De vez en cuando su Ausencia, su excelencia, con aires de grandeza decide que tiene ganas de pelear y yo entro de inmediato en modo duelo al mejor estilo de los Westerns norteamericanos. Nos damos la espalda y caminamos cautelosas los 10 pasos en direcciones opuestas, cada una con el arma en mano de su elección. Termina la cuenta. Damos ambas una vuelta fugaz y disparo primero; yo le arrojo mi corazón herido, aún latiendo y le pega en el pecho inflado como un trozo de carne magra cruda, sin gracia, sin hacer daño, deja tan solo una mancha húmeda en su camisa y cae por su propio peso al suelo polvoriento.
Su Ausencia me lanza una guitarra, bella, elegante, rojo carmín, en fin, exquisita. Vuela por los aires gritando notas melodiosas, me atraviesa el cuerpo y me derrumba al piso. —Buena jugada, Ausencia, sabés bien cuál es mi talón de Aquiles — . Aún en mi agonía me queda un sorbo de vigor para un último tiro. Lanzo una fotografía de familia frente al árbol de navidad, una bomba atómica capaz de destruir a cualquiera. Su Ausencia la recibe en la cara, la abofetea y daña su orgullo hasta quedar maltrecha, doblegada.
Esa tarde no hubo ganadoras. Su Ausencia y yo fuimos derrotadas, quedamos tablas. Nos alejamos tímidamente sin decir adiós. Ya tendremos chance para nuevos encuentros.

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