Una canita al aire
Se había acostumbrado —le costaba admitirlo. Después de casi una década al lado del gringo, su expareja, casi once años menor que ella, Beatriz se había olvidado de pellejos sueltos, flacidez de miembros, abdómenes abultados y cráneos tan brillantes y alopécicos como bolas de billar. Inclusive, tras la abrupta conclusión de su adorada conquista, creyó por fin que alguien con más años y menos sueños de libertad sería lo adecuado para ella. Un caballero noble, sin armadura, que con calma y paz la arrullara por las noches y llenara de halagos y bondades de día. Por supuesto, eso no fue lo que profesó al comerse un par de enérgicos bombones a estallar de colágeno en los meses siguientes al break up. Se tomó varias fotos sin filtro atinando al mejor de sus ángulos y en tan solo unos cuantos clics se encontraba de vuelta en el mercado cibernético de las apps de citas, esperando ansiosa encontrar un nuevo galán. Eso de estar sola a los cuarenta y tantos no le hacía nada de gracia.
Que llegó el momento de disfrutar la bonanza de la soledad —le decían. Es tu tiempo para brillar como mujer y reencontrarte con tu verdadero yo —resonaba en cada una de sus más recientes conversaciones. Lo cierto es que el gringo la había dejado llena de huecos tanto por dentro como por fuera y Beatriz sentía la necesidad de colmar cada uno de ellos. Seducida por cabelleras vikingas, tatuajes sobre pectorales bien formados, imágenes de chicos sudorosos en gimnasios o a bordo de un barco con grandes pescados en mano, decidió aventurarse y quedar en una cita con uno de ellos. Su mejor amiga, quien se sabía cada una de sus historias de pe a pa, lo denominó entre risas: Ragnarok.
Beatriz se apuntó al minucioso ritual pre-cita, con la intención de quedar lampiña como delfín y su piel suave y de agradable aroma, tal cual lo dicta la sociedad. Empezó por sus piernas, su principal atributo, seguido de la delicada piel de sus axilas. Por último, lo más importante, su natura entre caderas, pandora, el jardín del placer, aquel espacio sagrado que decidimos compartir de vez en vez. Antes de proceder al corte y confección, Beatriz tomó un espejo para analizar con ojos claros lo que Ragnarok estaría por ver. Lo acercó; lo acercó un poco más, enfocó y espantada exhaló un gran WHAAAAAAAATTTT? ¡Una cana! ¡Allá abajo! Su mundo de tigresa se derrumbó al pensar en qué dirían los apetitosos colágenos si por error vieran su cana espanta hombres. Beatriz, tras superar el shock inicial, se ríe a carcajadas. Ya quisieran estos niños tener la experiencia y sabiduría que esta cana representa —se dice a si misma. Termina de prepararse con más seguridad que nunca y se enrumba al punto de encuentro. Tras la cita, Ragnarok no solo queda encantado con ella, sino que le confiesa que lo que más lo atrajo fue su confianza y madurez.

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