Una canita al aire
Se había acostumbrado —le costaba admitirlo. Después de casi una década al lado del gringo , su expareja, casi once años menor que ella, Beatriz se había olvidado de pellejos sueltos, flacidez de miembros, abdómenes abultados y cráneos tan brillantes y alopécicos como bolas de billar. Inclusive, tras la abrupta conclusión de su adorada conquista, creyó por fin que alguien con más años y menos sueños de libertad sería lo adecuado para ella. Un caballero noble, sin armadura, que con calma y paz la arrullara por las noches y llenara de halagos y bondades de día. Por supuesto, eso no fue lo que profesó al comerse un par de enérgicos bombones a estallar de colágeno en los meses siguientes al break up . Se tomó varias fotos sin filtro atinando al mejor de sus ángulos y en tan solo unos cuantos clics se encontraba de vuelta en el mercado cibernético de las apps de citas, esperando ansiosa encontrar un nuevo galán. Eso de estar sola a los cuarenta y tanto...