Leche quemada


  

    El golpe rítmico de la hoja del cuchillo contra la tabla de madera suena tac, tac, tac. Cruje la cebolla, mientras doña Ceci se seca los ojos con la esquina del delantal. Más que resultado del zumo de ese bulbo, llueven gotas de tristeza de aquellas esferas marrón oscuro. Su compañera de labores, frente al calor de la cocina, remueve en silencio, con cuchara de madera, el contenido de la olla.

    —Merce, ¿usted qué cree que vaya a pasar con el patrón?

    —Lo vamos a cuidar hasta su final, como prometimos. Le escogeremos una ropita de domingo y dejaremos que se lo lleven los de la funeraria pa’ que lo terminen de alistar.

    —Sí, ¿pero usted no vio cómo se le aguaban ahora esos vidriecitos de solo pensar que mañana tal vez no esté aquí, entre los vivos? ¿Usted a dónde cree que se vaya? ¿Será que bajan todos los ángeles y parientes para ayudarlo a llegar a la luz, como en las películas?

    —Doña Ceci, ¿cómo se le ocurre? Uno se muere y ya. Oscuridad total. Tendrá suerte si vive unos años en el corazón de los suyos. Yo no creo en tanta santurrada, que hínquese aquí, párese allá y dese con una piedra en el pecho para encontrar el paraíso eterno.

    —Ay no sea tan fría. ¡La va a partir un rayo! 

    —¿Desde cuándo los rayos castigan?

    Se hizo un silencio tan profundo que se podía escuchar el burbujeo constante en las ollas. Pensar en el más allá no es algo que doña Ceci se viera cuestionando un lunes por la mañana; la tenía atormentada. 

    Merce continúa meneando lo de la olla, se sostiene las caderas con el brazo izquierdo. A su lado, doña Ceci busca en el refri los ingredientes frescos para la ensalada, palpando los más maduros. En esta casa se cocina y se sirve siempre a la una, aunque sea solo el patrón o para cualquier otro comensal que aparezca sin aviso.

    —¿Y si le da por reencarnar?

    —Uy no fúchilas. ¿Se imagina andar renaciendo por ahí cada cien años? Qué cansado. A mí que me dejen quedita, que con esta vida tengo.

    —O se hace fantasma… y nos persigue por siempre…

    —¡Ja! Eso sí que sería bueno. Yo lo quiero mucho y todo, pero pa’ tenerlo conmigo eternamente, no, gracias —se giran, miran y sonríen como solo las cómplices lo hacen—.

    —Y entonces Merce, ¿qué pasa cuando uno se muere?

    —¡Se quema la leche!

    —¿Cómo?

El olor a chamuscado lo invadió todo.



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