El pasillo



Mi vaso con agua cae al suelo quebrándose en minúsculos pedazos. Deja un agualotal desastroso capaz de hacer resbalar a cualquiera. Yo rapidito recojo del piso lo que alcanza con la servilleta que siempre mantengo en la mesa de noche. Seco con apuro el líquido con los ruedos de mi bata de dormir. ¡Qué escándalo! Por suerte nadie ha despertado.

El pasillo junto a mi ventana es frío, especialmente de noche. Una maraña de mosaicos decorados gastados de tanto trapo que han llevado. Huele como a cloro o vinagre, ¿qué se yo cuál menjunje usará la encargada para matar los bichos? Lástima que no lo mate todo. Se ha vuelto frecuente que observe a los niños curiosos que se pasean en puntitas a lo largo del pasillo para no ser descubiertos. O los pajarillos nocturnos que dejan un taca taca taca apresurado al pasar. ¿Ha escuchado usted como suena el golpe de uñas rítmicas sobre una superficie lisa? Sí, justo así suenan las patitas.

A mitad de la noche pelo el ojo y me asomo tímidamente al filo de la ventana, como gatillo curioso jugando al peek-a-boo. Es un espectáculo el que sucede a lo largo del corredor: duendes de largas barbas, finas bailarinas en tutú, animales bien vestidos caminando en sus dos patas traseras, pequeñas estrellas juguetonas que se esconden entre sus sacos para no brillar. La verdad no comprendo cómo aquel aquelarre pasa desapercibido. Todos se van difuminando hasta desaparecer en la oscuridad del fondo. Una negrura espesa que ni el velador de la noche se atreve a mirar. ¿Qué es lo que sucede en aquella penumbra que atrae semejante pasarela?

Tantas veces me he escondido bajo las sábanas esperando a que acabe. Cierro los ojos y doy pequeñas palmadas en mi frente, como diciendo: “Ya ya, Marina; si no los ves, no te pueden ver”, pero igual desfilan. Quizás con el tiempo se aburran y no aparezcan más.

El día del incidente del vaso, despierto al escuchar pasos al borde de mi ventana. Alcanzo el agua para tomar un trago y asegurarme que me encuentro lúcida y atenta. Me acerco al vidrio para asomarme sigilosa como de costumbre, y en ese instante uno se los mentados niños salta del otro lado del cristal. —¿Querés jugar?

Salté tan lejos como pude. En este pabellón deben estar todas sordas. He presenciado lo inimaginable y nadie se inmuta. Corro a resguardarme bajo las sábanas y apaciguar mi corazón con la técnica de siempre y poco a poco el sueño me va venciendo. A la mañana siguiente, la enfermera de turno se acerca a decir los buenos días y a repartir las pastillitas de colores que nos toca a cada una.

—¿Cómo ha dormido, Marina? ¿Otra noche activa de duendes y fantasmas?

—No sea así, Azucena. ¡Lo mío es en serio!

—Así es Marina, tan en serio como lo de todas las demás.


Azucena empuja su carrito metálico repleto de medicinas y sale del salón 2-C diciendo: 

—Pobres, cada día más locas. 


El sonido tembloroso de las ruedas se desvanece a lo largo del pasillo.


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