El muelle


    Me encuentro al borde, descalza, impasible, contemplando en calma el mismo mar que Raúl y yo tantas veces apreciamos juntos. Mirada al frente, perdida en el horizonte, ausente de emoción. El ambiente empalaga aquí —pensé—, al menos media docena de parejas se hacen promesas falsas de amor eterno, mientras se acarician y prometen una fidelidad a ciegas al calor del momento. ¿Mas cuál calor? Será acaso un vaho, una calenturilla de sábado por la tarde, esperando que de aquí a que oscurezca, unos cuantos tengan suerte y culminen el día con sexo tímido y casual a escondidas de sus padres o sus respectivos chaperones.

    Raúl y yo frecuentábamos el muelle los viernes —menos gente decíamos—. Bastaba con un par de sándwiches, una bolsita con nueces y, si teníamos suerte, un cuarto de botella de licor de anís o algún otro sobro alcohólico de nuestros hogares. Él vivía enamorado de la vida, en un perpetuo estado de asombro y eso, en consecuencia, me enamoraba de él.

    Me hablaba por horas, con su cabeza descansando en mi regazo, sobre sus teorías de cómo éramos uno con la naturaleza. De cómo todos estamos hechos de lo mismo, somos iguales, pero perfectamente distintos a la vez. De las partículas, las moléculas, de nuestra esencia, alma, del privilegio de estar vivos y coincidir para presenciarlo. Sus monólogos exquisitos, con vocabulario de tercer año de biología, sobre vivir una segunda infancia a los veinte y pico resultaban fascinantes; buscaba su reflejo en cada charco, exploraba cuevas y montañas con ojos nuevos, tomaba mi mano y me invitaba a bailar bajo la lluvia en el momento más inesperado. Así era Raúl, de emociones intensas y soñador como ningún otro. Mi Raúl.

    Nuestro romance y tertulias se desarrollaron profundamente por más de diez años. Nunca me puso un anillo al dedo ni tuvimos criaturas, pero nuestro amor y complicidad fue más allá de lo que la mayoría de mortales podría entender. Fuimos fusión, de cuerpos, de pensamiento, de espíritu y emociones. Vivimos cada instante de forma tan sincera como nos era posible. Él terminaba mis frases y yo adivinaba sus ideas. Bastaba una mirada para entendernos y saber justo lo necesitábamos al momento.

    Raúl murió tras 11 inviernos juntos, en mis brazos. Aquel cuerpo que tantas veces besé, toqué y reconocía como mío, no era ya más que huesos y piel. Su delgadez lo hizo frágil, de apariencia casi gris. Sus ojos fueron perdiendo brillo, sus ideas se fueron nublando, sus sueños se fueron apagando. Al llegar el día de su partida, cumplí con su voluntad de llevarlo al lugar nuestro, el que dio origen a este fuego de vida que nos consumió en pasión y hambre por el otro. Hoy, viernes por la tarde, me encuentro al borde, descalza, con el polvo inerte que es ahora Raúl en mis manos. Beso la urna, la abro y dejo que su cuerpo vuele con el viento por última vez en nuestro muelle, nuestro mar.


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